viernes, 26 de mayo de 2017

Haruki Murakami: De qué hablo cuando hablo de escribir

Idioma original: japonés
Título original: Shokugyo Toshite No Shosetsuka
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable (para fans)

En este libro autobiográfico, Murakami nos cuenta su relación con la literatura y el proceso de creación de su obra, retomando parte de los elementos  biográficos que ya le sirvieron en su día para explicar como era su día a día en su anterior libro «De qué hablo cuando hablo de correr» donde ya daba sus primeras pinceladas de por qué empezó a correr así como la forma en la que se organizaba la vida y lo combinaba con su trabajo de escritor. De la misma manera, también nos aportaba apuntes sobre sus inicios en la vida profesional y cómo empezó abriendo un bar, hasta que lo dejó para dedicarse a la literatura. Así, lo que en su anterior libro eran únicamente unos apuntes para describir su vida diaria y su relación con el deporte, en este libro lo centra en la vida profesional, por lo que probablemente agradará especialmente a los seguidores interesados por su obra más que por el personaje.

Estructurada en capítulos correspondientes a los diferentes temas que quiere tratar, Murakami nos cuenta en primer lugar la (poca) importancia que le da a los premios literarios, en qué se basa la originalidad que transmite a sus obras, en el placer que encuentra escribiendo y haciéndolo libremente, su proceso de creación, la necesidad de haber leído mucho y ser muy observador para poder crear dentro de sí un espacio donde guardar tanta «materia prima» como sea posible. Así, describe como escribió su primer libro «Escucha la canción del viento» durante las madrugadas, después de cerrar el bar, y como tenía serias dudas de cómo encajaría debido a su poco conocimiento de la literatura japonesa contemporánea ya que leía básicamente literatura rusa y americana. La forma en la que nos explica su primera novela nos revela detalles interesantes acerca del origen de su particular estilo: después de un primer intento de escribir el libro, que no pasó su propio filtro, pensó que el problema era que intentaba escribir una buena novela con los cánones e ideas preconcebidas de cómo tenía que ser una buena novela según la literatura japonesa existente, y él no podía escribir de esta manera. Así que, para cambiar el marco, dejó papel y pluma, cogió máquina de escribir con caracteres ingleses y empezó a escribir, en inglés. Debido a su nivel de inglés, escribió principalmente frases cortas y así fue como acabo encontrado su estilo tan propio, sin grandes descripciones, con frases de estructura simple y que acabaría adoptando al escribir directamente en japonés.

Como apuntes interesantes, nos cuenta su proceso de escritura y su meticulosidad (como la de escribir diez páginas al día, tanto si está inspirado como si no) para establecer un ritmo que le acompañe en toda la escritura de una novela y que, hecha una primera escritura, la reescribe cuatro veces para pulirla, dejando un espacio de tiempo entre reescrituras.  Según indica Murakami, para un escritor,  la actitud que tiene más sentido es la de estar decidido a mejorar el texto. También, enlazando con su obra previa «De qué hablo cuando hablo de correr» recuerda la importancia de tener el cuerpo físicamente activo para, a la vez, estimular las neuronas y mantener la creatividad.

Probablemente uno de los capítulos más interesantes sea el dedicado a los personajes y cómo los construye: pasando de sus primeros inicios al uso de primera persona y personajes sin nombre, al uso de la tercera y poniendo nombre a los personajes; esto le permitió añadir complejidades a la vez que ampliar el abanico de los mismos para hacer historias más completas. Asimismo, este hecho le permite tomar distancia como escritor del personaje principal y tener la posibilidad de no identificarse con él. Murakami añade el ejemplo de «El gran Gatsby» para explicar esta opción narrativa, donde la primera persona no es Gatsby sino Carraway.

También nos cuenta cómo, a raíz de las críticas que recibió en sus inicios en Japón por no considerar como «literatura» a lo que publicaba se fue a vivir al extranjero, para así poder escribir en un entorno libre de interferencias. Nos cuenta además, la poca importancia que le da a los premios y a lo que aportan al propio escritor. Para él, el premio está en que los lectores lo valoren lo suficiente para comprar sus libros, ése es el mejor premio que puede obtener, donde sí hay una recompensa personal.

Como aspectos algo más ajenos a su obra, el libro da unos apuntes acerca de cómo es el sistema educativo en Japón y las grandes lagunas que ve en el sistema. También habla acerca de como los autores encajan el hecho que personas que se dedican a otros trabajos se decidan a publicar libros (actores, etc.). Parece que en Japón no se lo toman a mal, no lo perciben como si fuera una invasión de su territorio. Ignoro si en otros países lo encajan igual pero lo veo especialmente interesante en un momento donde cada vez más personas de otras profesiones escriben: locutores de radio, periodistas, actores, etc.

El aspecto más negativo del libro se encuentra en cierta tendencia a la repetición de ideas, dando vueltas a las mismas reflexiones. Entiendo que, al articular el ensayo en diferentes capítulos por temática, hay ideas que afectan a varios de ellos pero, aún y así, da la sensación de querer alargar la historia más en lugar de repetir para enfatizar. De todos modos, es un libro interesante para conocer qué hay detrás de la obra del autor y cabe decir, en su favor, qué Murakami no intenta sentar cátedra sobre cuál es el mejor proceso de escritura; él nos descubre el suyo particular e indica reiteradamente que es su opinión. Sin duda, sus seguidores agradecemos que haya encontrado un método tan característico y que le permita escribir con un estilo tan propio y, a mi modo de ver, tan interesante.


jueves, 25 de mayo de 2017

Juan Pablo Villalobos: No voy a pedirle a nadie que me crea


Idioma original: español

Año de publicación: 2016
Valoración: bastante recomendable

Una curiosa sensación que no experimentaba desde algunas de las novelas de Javier Cercas: cerrar el libro y preguntarme hasta qué punto Villalobos ha entremezclado detalles de su vida real, más o menos precisos e identificables, con una combinación de conocimientos sobre vidas ajenas y elementos de su imaginación. Ay, lo de la autoficción termina dando mucho juego a los escritores (a Villalobos le ha servido para ganar el Herralde) y acabará dando juego a los psicoanalistas el día que les dé por especular si todos esos escritores no aprovechan para exponernos vidas alternativas, regresos virtuales a posición de salida o a casilla intermedia incorporados.
El caso en esta novela es paradigmático. Juan Pablo Villalobos, personaje, acude a Barcelona para sus estudios de literatura, en compañía de Valentina, novia que lee a Bolaño, y allí, entre cartas de su madre, y una serie de personajes no por identificables menos variopinta, deberá colaborar con una red criminal de México, país de origen, donde otros misteriosos y siniestros personajes, casi todos con su apodo (no hay red criminal que se precie sin apodos) le presionarán para que se infiltre en una de esas familias barcelonesas de pro, casualidad, relacionada con un político corrupto, más casualidad, de modo que se instale en uno de esos pisitos chic de Sant Gervasi y vaya colaborando. Sus reuniones con los delegados de la trama criminal incorporarán lateros pakistaníes, okupas de incógnito, policías locales pelirrojas, todo con ese telón de fondo que es la Barcelona y la Catalunya actual, una tierra confusa y expectante, donde la vida ha de seguir mientras los políticos van aturdiendo y perdiendo el tiempo, pensando todos que ese paso del tiempo actuará en su favor.
Villalobos conduce la novela con cierta sensación acelerada que la beneficia, aunque he de decir que, por lo general, no suelen convencerme las mezclas de sensaciones, y esta novela parecía ir a decantarse hacia lo criminal.
No voy a pedirle a nadie que me crea reproduce cierto aire vodevilesco, el que se desprende de diferentes situaciones, gente de diversas procedencias insertada en esa ciudad de contrastes, una sensación algo atropellada (sensación ayudada por la estructura que va dando saltos, con la omnipresencia de las cartas de la madre, una especie de regencia ejecutada a distancia) que, conforme todo se enturbia y mucha gente empieza a no ser lo que parece (hilarante el pakistaní que lleva un pack de latas de cerveza para disimular), conduce la novela hacia un final abierto y ligeramente aleccionador. Siempre que puedas, aleja a los criminales de tu existencia.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Julia Strachey: Precioso día para la boda

Idioma original: inglés
Título original: Cheerful Weather for the Wedding
Año de publicación: 1931
Traducción: Laura Salas Rodríguez
Valoración: está bien

Encuadrada dentro de ese peculiar género  que podríamos denominar "literatura humorístico-romántica británica del periodo de entreguerras" (seguro que existe un nombre más sintético, pero yo lo ignoro) y que en los últimos años ha estado de moda entre algunas editoriales españolas, (no sé si sigue estándolo), facilitándonos asi el acceso a divertidos autores como E. F. BensonNancy MitfordD. E. Stevenson o Stella Gibbons, encontramos también a esta Julia Strachey (ya acabo la frase, tranquilos), escritora que, sin embargo, tiene un par de peculiaridades con respecto a otros del mismo registro: en su vida sólo publicó un par de novelas  y además  perteneció a un grupo de lo más selecto dentro de la cultura británica, el conocido como Círculo de Bloomsbury (entre otras cosas, porque era sobrina del irónico y elegante Lytton Strachey). De hecho, esta Precioso día para la boda fue publicada en su momento por Hogarth Press, la editorial fundada por Leonard y Virginia Woolf.

Y eso que, en un principio, la novela no parece adscribirse a un argumento demasiado "intelectual" (pongamos todas las comillas del mundo, por favor): estamos en la casa de la acomodada familia Thatcham, en plena campiña inglesa, junto al mar, un ventoso día de marzo. La casa está repleta de parientes y otros invitados porque es el día en que la hija mayor, Dolly, va a casarse con Owen Bigham, un joven y prometedor diplomático. Ahora bien, mientras su madre y hermana -con no pocos nervios- tratan de organizar el evento, dando órdenes al servicio, atendiendo a los invitados, etc... la novia, mientras se prepara, no puede dejar de sentir las consabidas dudas prenupciales, centradas en su caso en la figura de un amigo, también presente en la casa, el aún estudiante Joseph.

Esta premisa, unida a un panorama de personajes secundarios preñado de excentricidad e ironía, parecen conducir de manera inevitable hacia una de esas novelas que he mencionado antes, "humorístico-romántico-costumbrista". La sorpresa -y quien siga a partir de aquí lo hace por su cuenta y riesgo, si es que pensaba leer la novela- es que no: la historia evoluciona, o quizás es más exacto decir "se diluye", hacia un principio de drama cuasi existencial, al menos en lo que concierne a la (no) pareja protagonista. Drama que tampoco cuaja del todo, hay que señalar, por lo que, al quedar en agua de borrajas tanto en la vertiente humorística como en la dramática -también es cierto que su brevedad impide que se desarrolle convenientemente en cualquiera de las dos- el libro deviene en un inesperado híbrido, ni carne ni pescado, habitante de una tierra de nadie literaria...

Lo que no quiere decir, y aquí viene la siguiente sorpresa, que sea una mala novela: el estilo, sobre todo, es preciso y elegante, demostrando un especial talento y esmero de su autora en la descripción tanto ambiental como de personajes, cuyos diálogos son, además, ingeniosos y punzantes sin perder por ello la verosimilitud. Es una lástima, pues, que Strachey no tuviera una visión más general al escribir la novela o cambiase de opinión sobre su objetivo a media escritura; de haber guardado una mayor coherencia, en un sentido u otro, nos encontraríamos ante una obra notable y, sobre todo, más memorable de lo que al final resultó ser.



martes, 23 de mayo de 2017

Dragan Velikic: Bonavia

Título original: Bonavia
Idioma original: Serbio
Traducción: Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek
Año de publicación: 2012
Valoración: Bastante recomendable

En 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial, que supuso la descomposición del Imperio Austro-Húngaro y el final de un orden social o de un sistema de valores que había prevalecido sobre el resto durante décadas. Cronistas de estos cambios y de los efectos los mismos sobre las personas fueron una serie de grandísimos escritores centroeuropeos como Stefan Zweig, Robert Musil o Hermann Broch.

73 años después de la finalización de la Gran Guerra comenzaron lo que podríamos llamar las "Guerras Balcánicas". Bosnios, croatas, serbios, serbobosnios, kosovares, serbocroatas, etc volvieron a enfrascarse, con la inestimable colaboración del resto del mundo, en una serie de guerras fratricidas que tuvieron como consecuencia principal la desintegración de Yugoslavia y de orden político y social imperante desde 1945, aproximadamente.

Dragan Velikic podría ser, al igual que lo fueron Zweig, Musil o Roth, cronista de este ambiente fin de siècle estilo Tito / Milosevic. Al igual que estos, Velikic no se centra el los acontecimientos bélicos, estos aparecen únicamente de forma tangencial, sino que se centra en sus efectos sobre las vidas humanas.

Las páginas de este libro están pobladas de seres desorientados, de hombres y mujeres "sin atributos", de personas que tratan de sobrevivir y que se agarran, como un náufrago a una tabla, a una relación, a un amor acabado hace décadas, a un futuro al otro lado del océano o a un pasado del que no resulta fácil escapar.

Belgrado, Budapest, Viena, Estados Unidos. La extinta Yugoslavia desmoronada, el Imperio Austro-Húngaro desmembrado hace cien años, sus rescoldos. Escenarios, telones de fondo por el que pasan los principales personajes del libro (Miljan, Marko, Marija y Kristina) y sus existencias, con lazos que se unen y se deshacen, destinos heredados y destinos repetidos, en una sucesión de encuentros y desencuentros, de pasados, presentes y futuros que forman lo que normalmente llamamos vida.

Evidentemente, Velikic no es Zweig ni, probablemente, pretenda serlo. Pero este libro puede ser leído, igual que los del vienés, como el testimonio de un tiempo y de un orden que ya no volverán y de cómo ese tiempo, ese orden y su desaparición nos afectan. 

Un libro que, pese a un comienzo un tanto extraño (por la forma de escribir de Velikic y por la sensación de que las piezas no encajan del todo), acaba enganchando, acaba llegando al lector. El puzzle cobra sentido, si es que la vida lo tiene, y uno termina con ganas de más. Quizá en el próximo libro de Velikic.

lunes, 22 de mayo de 2017

Pío Baroja: Fantasías vascas

Idioma original: español
Valoración: Recomendable


Habrá observado el avezado lector que me he comido la información sobre el año de publicación del libro, que siempre se suele incluir en la cabecera de nuestras entradas. De entrada digo que el motivo es, sencillamente, que no tengo ni idea de la fecha. Aunque uno es bastante vaguete para hacer indagaciones en internet, esta vez me he esmerado en buscar cuándo se publicó originariamente ‘Fantasías vascas’, sin resultado. De manera que, aun arriesgándome a meter la pata, me tiraré a la piscina: yo creo que el libro está constituido por relatos y escritos dispersos que Baroja fue elaborando a lo largo de los años –seguramente, entre 1.900 y 1.910- y que alguien reunió en un volumen, puede que allá por los años 40 ó 50 del siglo pasado, que son las fechas de las ediciones más antiguas que he encontrado.

La osadía (bastante infrecuente en mi) se basa, además de la comentada ausencia de otros datos, en la dispersión y escasa coherencia de la colección. ‘Fantasías vascas’ es un compendio de diecisiete relatos, entre los que dos de ellos ocupan más de la mitad del volumen, en tanto que otros varios apenas se extienden por dos o tres páginas. Como su título indica, su común denominador es que todas ellas se sitúan en el escenario vasco, diríamos genuinamente vasco.

Las diez primeras narraciones son poco más que estampas visuales de ese entorno tópico del País Vasco rural: escenas de mar embravecido, brumas sobre las casas en que se intuye el calor del hogar, aldeanos silenciosos, caseríos montaraces. Una galería de paisajes en la que los escasos personajes son poco más que parte del escenario, en el que se funden como un elemento más. Parece un mero ejercicio de estilo, pequeños bocetos en los que, no obstante, vemos con claridad algunos de los motivos que Baroja utilizará en varias de  sus trilogías posteriores.

El primero de los relatos de mayor envergadura es ‘La infancia de Silvestre Paradox’. Más que un arranque de las famosas aventuras de este personaje, da la impresión de ser una precuela (dios mío, el palabro más abominable que se ha inventado) escrita tal vez después, o al margen de la historia principal. Sea como fuere, vemos aquí a ese Baroja genuino a la hora de dibujar personajes de acción, en este caso un mozalbete, que huyen del desarraigo a base de peripecias, pillería y algo de temeridad. Aquí está el Baroja de la frase corta y el relato vertiginoso que encontramos en sus libros de aventuras.

‘La dama de Urtubi’ es, desde mi punto de vista, la estrella de la compilación. Es en principio una historia de amores, protagonizada por una señorita de la nobleza y situada en el siglo XVII o XVIII en esa mágica zona montañosa entre el norte de Navarra y el País vasco-francés (muy cerca de Bera de Bidasoa, donde don Pío tuvo su casa familiar). Sin embargo, tras su apacible inicio el relato da un giro brusco y sorprendente para meterse de lleno en el mundo de los akelarres que tenía su epicentro en la conocida cueva de Zugarramurdi. Casi se pierde de vista el origen de la historia, ésta adquiere la aceleración barojiana habitual, y desemboca en una descripción, vigorosa y brillante, de los ritos y el desenfreno a que se entregan brujas, nobles, curas y aldeanos en la mágica caverna. Aunque el argumento es sumamente simple, me parece una narración espléndidamente construida, sin un altibajo. Para que luego se diga de las deficiencias técnicas de Baroja.

Los últimos relatos vuelven a la brevedad aunque son muy diferentes de los primeros. Si en aquéllos se dibujaban paisajes, ahora son más bien retratos que se articulan en torno a un personaje, diferentes pero con rasgos comunes: de nuevo el desarraigo, huida de la vida acomodada, búsqueda de la acción. Personajes que se identifican con el omnipresente arquetipo vasco pero que, no obstante, tampoco ocultan una emotividad bastante singular: unos más ruidosos que otros, pero todos mantienen, medio ocultos, rasgos de humanidad, como de tipos siempre disconformes, que van buscando algo que no saben lo que es.

Aparte de ‘La dama de Urtubi’, tampoco puedo dejar de destacar otras dos narraciones muy breves: ‘La venta’, poética descripción de la llegada del viajero a la posada, donde encuentra descanso y calor, y la que cierra el libro, ‘El viejo y su canción’, apenas dos páginas para una alegoría, potente y escueta, del personaje que no encuentra su lugar entre la gente, ni alcanza a comunicarse. Aunque no lo dice expresamente, ese viejo anónimo parece buscar la ataraxia también anhelada en 'El árbol de la ciencia'. Empieza así:

‘Yo soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto, sin saber por qué, con la chaqueta al hombro, al amanecer…’

El resto, como los demás relatos de este encantador librito, recomiendo que lo lean ustedes mismos. Lo disfrutarán moderadamente.

Otras obras de Pío Baroja en ULAD: El árbol de la ciencia

domingo, 21 de mayo de 2017

Álvaro Colomer: Los bosques de Upsala


Idioma original: español
Año de publicación: 2009
Valoración: recomendable

Es bueno comprobar que los autores, sobre todo, decid que son manías propias, los de ficción, tienen capacidad para el cambio de registro. Ello no debe sonar peyorativo. La creación de universos propios no debería estar reñida con la posibilidad de probar con distintos ámbitos, de salirse de los esquemas. No es que algún autor favorito personal (Houellebecq) sea un ejemplo de ello. Pero gusta ver a un escritor intentando, con éxito, adoptar distintos tonos.
Leo Los bosques de Upsala como consecuencia del deslumbramiento (pasadas unas semanas, dista mucho de ser un fogonazo) ante la muy brillante Aunque caminen por el valle de la muerte. Y no tiene nada que ver. Para empezar en una se sitúa en un primer plano la faceta periodística y esta que hoy comento es una novela más pura de ficción: casi un thriller psicológico que no desentonaría en la obra de Lemaitre, aunque uno pueda hallar aquí rastros de Kafka o de Bernhard, o de Sábato. Palabras mayores, lo sé, pero quien se adentre en esta novela no podrá desmentirme esas influencias. 
La historia empieza cuando Julio, entomólogo dedicado a localizar un primer ejemplar de mosquito tigre en la geografía nacional, llega a casa y se encuentra ante un escenario que lleva tiempo temiendo afrontar: Elena, su mujer, víctima de la depresión, ha desaparecido. Justo el día en que se cumple su quinto aniversario de boda. Julio se teme lo peor, y una de sus primeras sospechas es que se ha suicidado, idea que sabe que anda por su cabeza hace tiempo. Julio descubre que no ha sido así, pero el hecho desencadena la búsqueda de los motivos que empujan a su mujer hacia esa situación, momento en que la novela toma un viraje al uso de cierto tipo de thriller psicológico. Colomer nos conduce, estilo sobrio al que empuja el uso constante de la primera persona con algunos -pocos- diálogos intercalados, en un monólogo interior que progresivamente nos sume en dudas. Julio arrastra sus propios traumas, uno de ellos contundente cuando, siendo un niño, presenció el suicidio de una vecina, un hecho aparentemente accidental que ha arrastrado toda su vida y que parece haber condicionado su personalidad. Y esa investigación, esa duda que le turba en lo concerniente a lo que anida en la cabeza de su mujer, empieza a mostrar sombras.
Los bosques de Upsala juega, como novela, con esa imagen del individuo que aplica su prisma subjetivo a interpretar una situación, como una cámara que empieza a desplazarse respecto a un plano fijo. Con las debidas distancias, Kafka o el Sábato de El túnel parecen asomar como influencias y, con un desarrollo digno y correcto, es una novela interesante aunque quien quiera ver los esbozos o la incipiente genialidad que Colomer ha demostrado en Aunque caminen por el valle de la muerte va a encontrarse con algo diferente.

sábado, 20 de mayo de 2017

Marguerite Duras: Las diez y media de una noche de verano

Idioma original: francés
Título original: Dix heures et demie du soir en été
Año de publicación: 1960
Valoración: Está bien



Una novela que leeremos en un par de horas y nos parecerán bien aprovechadas si no tenemos prisa por averiguar qué nos están contando. No solo se aterriza muy despacio en la trama, es que esta parece moverse en círculos en vez de avanzar hacia un desenlace. 
Más que novela, Las diez y media de una noche de verano, por su extensión y pautas narrativas, podría considerarse un relato largo al gusto del llamado nouveau roman, un movimiento que constituyó una novedad por entonces al eliminar muchos recursos de la novela clásica en aras de una objetividad transmitida a base de sensaciones para evitar la interpretación personal del narrador. A pesar del título, la acción transcurre a lo largo de veinticuatro horas y supone un vuelco en la vida de cinco personas. Aquí la imagen es la protagonista: cada retazo de paisaje, oscilación climatológica, gesto, actitud y sensaciones de los personajes son descritos minuciosamente. Hasta los diálogos, aunque significativos, parecen anecdóticos y fuera de contexto. El relato progresa, sin que apenas nos demos cuenta, a un ritmo exageradamente lento, de la forma menos explícita posible. La autora consigue con ello, por una parte, un marcado clima poético que de alguna forma equilibra la crudeza de ciertas escenas, por otra, nos convence de la veracidad de unos hechos que nos parece estar viviendo paso a paso. Lástima que la traducción resulte algo forzada y muchas veces poco convincente.
Aunque ni de lejos puede encuadrarse en el género policíaco, el argumento se abre con un asesinato y tendremos garantizado el suspense siempre que nos armemos de paciencia. Claro que no es el tipo de suspense que puede esperarse con un planteamiento de ese tipo. Ni su objeto es siempre el mismo, se va renovando con el tiempo: cuando un conflicto se resuelve otro ocupa su lugar. Conflictos soterrados en su mayor parte, que se producen en el interior de los personajes o que ocurren tan en secreto que apenas repercuten en su entorno.
El episodio culminante es sin duda esa persecución nocturna -silenciosa y de andar por casa- que se va gestando al compás de la lluvia, los relámpagos, la respiración de los durmientes y que, al margen del desenlace, servirá al lector para hacer elucubraciones de todo tipo. ¿Estará la policía sobre la pista y perseguirá a la familia francesa? ¿Habrá cogido María la pistola y se tomará, ella también, la justicia por su mano?
Pero la cuestión es mucho más simple. Lo que se plantea es un paralelismo entre dos situaciones similares que se resolverán de forma muy distinta. El melodrama que tiene lugar en tierras aragonesas se opone a la suave transición que –por usar el tópico– se producirá entre gente civilizada: ese reducido grupo de turistas que la tormenta detiene en su viaje hacia Madrid. Matrimonio, infidelidad, venganza, alcoholismo, celos. En diferentes grados y condicionados por los fenómenos naturales. Es cierto que la tragedia surgida en el ámbito rural ni siquiera se insinúa entre los visitantes, pero advertimos en estos una especie de nostalgia, de envidia por unos sentimientos tan a flor de piel, un aburrimiento, en definitiva, que aflora en ese afán por inmiscuirse en la aventura ajena, con el propósito de vivirla aunque sea de forma indirecta ya que no hay agallas para asumir la propia.
¿Qué desenlace puede esperarse de un conglomerado tan prosaico? Pues nada espectacular, una escena cotidiana parecida a cualquiera de las que Duras nos ha ido mostrado hasta ahora.

También de Marguerite Duras: El amante, Moderato cantabile, Escribir