sábado, 17 de febrero de 2018

José Eduardo Agualusa: Teoría general del olvido

Idioma original: portugués
Título original: Teoria geral do esquecimento
Año de publicación: 2012
Valoración: Muy recomendable

En la Uladcentada de 2012 hablaba de cómo vivir en Portugal me había permitido acceder no solo a la literatura portuguesa, sino al mundo de la cultura lusófona (Brasil, Angola, Mozambique...). Lo ejemplificaba, entonces, con Joaquim Lopes Vieira, que no existe, pero si hubiera estado hablando en serio podría haberlo ejemplificado con Eduardo Agualusa, que sí existe, y que probablemente es el segundo autor más reconocido de las literaturas africanas lusófonas después de Mia Couto. Ya hace años reseñé una obra quizás menor, A feira dos assombrados, y vuelvo a la carga ahora con una de sus novelas más aclamadas, esta Teoría general del olvido, que en portugués (Teoría geral do esquecimento) suena mucho más poético.

La novela gira, fundamentalmente, en torno a Ludo, una mujer de origen portugués traumatizada por una experiencia del pasado que decide encerrarse y barricarse en su propia casa, ante las turbulencias violentas que rodearon la independencia del país y la guerra civil que le siguió, con intervención de diversas potencias internacionales, repartidas todavía en los ejes de la Guerra Fría. La vida de Ludo se reduce a la mera supervivencia y a la lucha por la cordura, encerrada en un exilio interior voluntario, con un perro, unas gallinas y un jardín como única compañía. Sin embargo, la realidad externa se abre poco a poco paso, e irrumpen en la trama innumerables personajes unidos de distintas formas al devenir de Angola y también entre sí, aunque sea a veces de forma tenue o accesoria.

Es posible que esta sea la gran virtud de la novela: la forma en la que se vincula lo individual con lo colectivo (el fin del colonialismo, la independencia, la guerra). A lo primero corresponden los capítulos sobre la vida de Ludo, incluidos aquellos que reproducen los pensamientos y poemas que escribe, en papel primero, en las paredes de su casa después; a lo segundo, multitud de historias sobre mercenarios portugueses, soldados angolanos, pícaros, enfermeras, periodistas, pastores, palomas mensajeras... Tantas historias, en esta segunda parte coral, que en ocasiones cuesta seguirles el hilo a todas, hasta que convergen y se cierran sobre sí mismas.

Otro gran mérito de la obra, quizás entreligado con el anterior, es la mezcla de un duro realismo con un estilo en el que tiene cabida lo poético, y en el que también hay espacio para una imaginación próxima de lo mágico o de lo fantástico (como cuando se dice de un hombre que fue tragado por la tierra, y que solo quedó de él el sombrero, o como la historia, como de fábula o cuento tradicional, de las palomas mensajeras que contienen diamantes). Los poemas de Ludo, sus reflexiones, visiones, invenciones entre el hambre, la nostalgia y la soledad contribuyen también a enriquecer una novela que es mucho más que una crónica histórica.

¿Y qué visión se nos da de Angola y de su historia en este texto? Pues, en primer lugar, la historia de  los angolanos: la de quienes, independientemente de su origen, decidieron quedarse en el país después de la independencia, y hacer de él lo mejor que pudieron y supieron. Es, también, a pesar de todos los problemas presentes y pasados del país (que Agualusa sin duda conoce) una novela en la que hay más historias de redención que de venganza. Incluso Ludo, al final de la novela, parece reconocerse en este nuevo país: "no tengo otra tierra que esta", dice, casi ciega pero ya desemparedada.

Este mensaje hasta cierto punto esperanzador o redento de la novela quizás haya contribuido hasta cierto punto a su éxito internacional: sospecho que una obra más oscura o tremendista habría sido más difícil de digerir por el mercado internacional. Esto no es, naturalmente, una crítica a la novela, que es magnífica, hermosa y conmovedora; además, tenemos la suerte de que existe una traducción al español, realizada por Claudia Solan.

viernes, 16 de febrero de 2018

Zoom: Bola de sebo, de Guy de Maupassant

Idioma original: francés
Título original: Boule de soif
Año de publicación: 1880
Traducción: Ana Becciu
Valoración: muy recomendable

Aunque no parezca demasiado sugerente, el título de este emblemático relato de Guy de Maupassant -clasicorro donde los haya de las letras francesas- hace referencia al objeto de deseo alrededor del que gira toda la trama: una joven y rolliza prostituta que huye de un Rouen ocupado por las tropas prusianas en una diligencia que comparte con un grupo de probos ciudadanos, eximios representantes de la burguesía, e incluso la nobleza, bienpensante local. 

No voy a contar aquí el argumento con más detalle (por si a alguien le suena la premisa, hay que señalar que sirvió de inspiración a otro célebre clásico, esta vez del cine: La diligencia, de John Ford) para no destripar, a quien no lo conozca, este relato, el cual, por lo demás, avanza con el trote infatigable de un tiro de caballos; sólo comentaré que no es la prostituta quien sale peor parada, precisamente, a ojos del lector ni del propio escritor; bien al contrario, Maupassant muestra una exquisita empatía hacia ella, mientras que es evidente el desprecio que le provocan sus compañeros de viaje, monjas y progre barbudo incluidos.

Por otro lado, quizá sea este el punto más flaco del, en todo caso, excelente relato: que la ironía, por no decir sarcasmo y la crítica contra el establishment burgués de la época, contra su cobardía, mezquindad e hipocresía, son tan evidentes, que tal vez lastren un poco (ojo, sólo un poco) la dinámica de la propia narración.  La cual, en compensación, se ve impulsada por un estilo vigoroso, pero pródigo en detalles  y aún sutilezas, que la lleva en volandas hasta el inevitable (y lo siento por si esto se ve como un SPOILER) y desolador final.

Y aunque no era mi intención al releer esta historia y plantearme su reseña, uno no puede dejar de acordarse del momento que estamos viviendo, cuando cada día nos llegan noticias, revelaciones y comentarios sobre violencia sexual, sobre abusos y acosos a mujeres; nos llegan tantas discusiones sobre lo que resulta sexista y lo que no y por qué o por qué no; tantos ataques epatantes y defensas que provocan sonrojo; tantas opiniones, interesadas o no, tanto ruido de fondo, en suma, que uno lee esta historia que avanza en una diligencia a través de la nieve que cubre Normandía, escrita hace ciento treinta y ocho años, y piensa que Maupassant (que tampoco es que fuera un santo varón de la lucha por la igualdad de género, precisamente), ya nos dijo con suma claridad que lo que importa, al fin y al cabo, lo que debemos respetar antes que nada es el dolor, la humillación, las lágrimas de quien ha sido víctima de violencia, de abuso, de acoso, de vejación... Todo lo demás, no digo que sobre, pero igual tampoco hace tanta falta.



Otros títulos de Guy de Maupassant reseñados en Un Libro Al Día: El HorlaCuentos fantásticos

jueves, 15 de febrero de 2018

VV.AA.: Damas oscuras


Idioma original de los textos: Inglés  
Traductoras: Olalla García
                           Alicia Frieyro
                           Sara Lekanda
                           Consuelo Rubio
                           Magdalena Palmer
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable

Pese a que disfruto sobremanera los relatos victorianos de fantasmas, apenas conocía un par de ellos salidos de la pluma de una mujer. Y no es que escaseen escritoras de ese periodo que hayan cultivado esta temática, precisamente. Recientemente he llenado esta laguna pendiente y no podría haber salido más satisfecho de semejante experiencia. 

Empecemos dando un poco de contexto histórico. A lo largo del siglo XIX, la sociedad anglosajona experimenta un gran interés hacia lo oculto y los temas espiritistas. Durante el reinado de Victoria, de hecho, las historias sobre apariciones de ultratumba son tremendamente populares. En ese ambiente, muchas mujeres empiezan a publicar cuentos de fantasmas. Damas oscuras recopila un total de veinte de esos cuentos; cuentos de escritoras de habla inglesa, tanto británicas como, en menor medida, estadounidenses. Estas historias están ordenadas cronológicamente, lo cual permite al lector hacerse una idea general de la evolución histórica que sufrió el género; concretamente, la antología abarca del año 1830 hasta el 1900. A la visión panorámica que genera este libro hay que sumarle otro atractivo: la variedad de su propuesta. Esta variedad se plasma en aspectos más superficiales, como la cambiante extensión de los cuentos (algunos podríamos considerarlos una nouvelette, otros no llegan a las cuatro páginas) o la perspectiva desde la que son narrados. La mayoría de cuentos, por ejemplo, están relatados en primera persona por alguien que vivió lo sucedido o al que se lo explicaron. También hay, pero, formatos completamente distintos: algunas historias narradas en tercera persona y hasta una de modo epistolar. La figura del fantasma es abordada también de distintos modos: los hay pura y genuinamente malvados, otros de intenciones más ambiguas, y aquellos que son pobres almas condenadas. El tono de algunas historias, en consecuencia, es o sombrío o trágico; en no pocos cuentos, además, podemos hallar un enfoque más distendido o hasta decididamente cómico de dichas entidades. ¡Ah, cierto! Mi historia favorita es “La oración”, de Violet Hunt. Allí podemos apreciar a un fantasma que no se corresponde a ningún estereotipo en absoluto. 

Estos cuentos, en definitiva, son altamente recomendables. Sobre todo si te gustan aquéllos de autores como M. R. James o Charles Dickens. Y es que estas damas oscuras nada tienen que envidiar a sus contrapartes masculinas. 

miércoles, 14 de febrero de 2018

Stefan Zweig: Miedo

Idioma original: alemán
Título original: Angst
Traducción: Roberto Bravo de la Varga
Año de publicación: 1920
Valoración: muy recomendable

¡No leáis la contraportada del libro!

Lo escribo ya aquí, de manera destacada, para que a nadie se le pase por alto, pues la contraportada explica más de lo que debería y su lectura podría estropear, en parte, el disfrute de este gran libro. Hecho el aviso, vamos a por la reseña.

Quienes ya conocéis la obra de Stefan Zweig podéis haceros una idea general de lo que os encontraréis, al menos en cuanto al entorno, las costumbres sociales, la caracterización de los personajes, etc. De esta manera, el autor austriaco, tal y como nos tiene acostumbrados, nos sumerge en un mundo de alta burguesía para narrar, en esta ocasión, una historia de pasiones, dudas, remordimientos, deseos y miedo.

En esta breve novela (muy breve, diría), Zweig plantea una reflexión sobre la infidelidad y sus consecuencias, sobre aquello que se esconde tras la arriesgada tentación de romper la cotidianidad de la vida de una pareja estable y acomodada, de relación monótona y rutinaria, para dar cabida a una aventura sentimental. El misterio que subyace en el secreto guardado forma parte del atractivo de la situación, y el miedo a ser descubierto incrementa el atractivo de la nueva relación. O al menos en su inicio. Porque como en toda aventura, no todo es perfecto, no todo sale como uno espera, siempre hay elementos incontrolables. Y en eso abunda el libro, en la sensación que uno tiene cuando no sabe cómo afrontar una situación que no únicamente depende de uno mismo, y en la dificultad de tener que lidiar con el miedo que aparece cuando la incertidumbre ataca y afecta el día a día de una persona.

El libro sorprende, y lo hace positivamente. Porque cuando uno lee Zweig puede presuponer qué se encontrará, en términos generales. Sabe que habrá personajes de la alta sociedad y que tratará sobre relaciones emocionales, sobre pasiones y enamoramientos, sobre remordimientos y posibilidades, pero en esta novela, aunque extremadamente corta pero con el número de páginas exacto para lo que pretende contar, encontramos algo diferente en la prosa de Zweig: sentimos angustia, desespero y miedo a los propios sentimientos, o a expresarlos, y experimentamos cierto temor cuando empatizamos con la protagonista en una situación que la supera, que la abruma, que la sobrepasa; somos testigos del sufrimiento que reside en ella, un sufrimiento que crece de forma incesante, contagiándonos su angustia a medida que avanzamos en la lectura y nos transmite la intensidad de sus sentimientos, su temor y su miedo.

De esta manera, en la que probablemente sea la novela más oscura de Zweig, menos luminosa, más negativa hacia el ser humano, más intrigante y enigmática, el autor nos brinda una excelente ocasión para analizar la complejidad del ser humano, sometiéndonos a la reflexión que supone tener que afrontar aquellos secretos que residen en uno (o que incluso lo persiguen) y cuestionarnos qué haríamos nosotros ante tal situación, cómo lo resolveríamos, y cómo sentiríamos. Con este propósito, Zweig nos plantea un escenario de dudas y miedos, en el que la habitual calidad de la prosa de Zweig fluye en cada página, pero, además, en esta ocasión, lo hace con tintes más enigmáticos, más oscuros de lo que nos tiene acostumbrados, conduciéndonos de forma inexorable a través de un camino dirigido a la oscura intimidad de nuestro ser.

PD: Aprovecho la ocasión que me brinda la publicación de esta reseña para recordar la figura del excelente traductor de Zweig al catalán, Joan Fontcuberta, fallecido esta misma semana. Nos deja como legado sus traducciones de indudable valor y gran calidad literaria. D. E. P.

Otras obras de Stefan Zweig en ULADEl mundo de ayer¿Fué él?Fouché. Retrato de un hombre políticoMendel el de los librosMaría AntonietaTiempo y mundoCarta de una desconocidaNovela de ajedrezVeinticuatro horas en la vida de una mujerViaje al pasadoLos ojos del hermano eternoLas hermanasMontaigneLa piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, Clarissa

martes, 13 de febrero de 2018

3 x 1 Herman Melville: Novelas cortas

Idioma original: inglés
Título original: Benito Cereno / Billy Budd / Bartleby the Scribener
Traductor: Julián del Río/Jorge Luis Borges (Bartleby)
Año de publicación: 1855/1891/1853
Valoración: Recomendable


Un tipo raro este Melville -tranquilos, que no voy a hablar de su aspecto físico, por lo demás nada llamativo para un individuo de mediados del XIX. Empieza Herman escribiendo relatos sobre sus aventuras en el Pacífico, fracasa con una novela de grandes dimensiones como 'Moby Dick', que no he leído pero que se ha instalado en nuestra cultura como un icono que todos creemos conocer más o menos. Y tras este gran chasco parece cambiar de rumbo, para ir dando forma durante unos cuantos años a sucesivos relatos o novelas cortas, unos relacionados también con sus viejas experiencias navales, otros absolutamente ajenos.

En general, me parece un escritor irregular, con bastantes carencias y que abusa de ese entorno marinero, pero que presenta también algunas cualidades relevantes, una espontaneidad muy apetecible, alejada de academicismos, y ciertos raptos de genialidad que no siempre adquieren el debido desarrollo, como vamos a ver ahora.

‘Benito Cereno’ (también ‘Cerreño’, 1855) se inscribe dentro de las aventuras oceánicas de Melville. Un buque norteamericano fondeado en una isla se encuentra a otro navío que parece llevar una trayectoria errática. Suponiendo que pueden tener problemas, el capitán Danosa aborda el barco con intención de ayudar, y se encuentra una tripulación diezmada, la nave en estado de abandono y un capitán español (el tal Cereno) que parece gravemente perturbado, en su aspecto físico, psicológico, o ambos. Asistido por un esclavo negro, Cereno muestra signos contradictorios, de exquisita cortesía a veces, de extraña brusquedad otras, siempre equívoco, tal vez amenazante. Danosa cree advertir también señales desconcertantes en pequeños detalles de otros miembros de la tripulación, un gesto, una mirada, que no sabe interpretar.

Asistimos durante muchas páginas a una situación estacionaria, con Danosa debatiéndose entre la sospecha de que ocurre algo que no alcanza a entender, y que incluso puede hacer peligrar su vida, y momentos de confianza cuando consigue alejar los fantasmas. El lector sabe también que ocurre algo extraño pero tampoco sabe qué es, a veces detecta esos indicios pero, al no existir evolución, el desconcierto y la inquietud quedan instalados sin que se vislumbre una salida. Me parece genial esta capacidad para mantener la tensión durante tanto tiempo, tener al lector viendo cosas sólo ligeramente inusuales, desesperado por llegar a un desenlace. El relato merecería un Imprescindible si Melville hubiera sido capaz de resolverlo con la misma pericia. Pero lamentablemente no puedo decir nada más, sólo que hay un condicionante que modula la culpa del autor (Madre mía, qué trabajo este de evitar el spoiler)

El segundo relato de mi volumen es ‘Billy Budd’ (1891), un texto publicado de manera póstuma y que ha llegado a ser adaptado, no solo al cine como el anterior, sino también a la ópera, nada menos. Es igualmente una narración bastante extraña, en la que poco más o menos la primera mitad se consume en divagaciones sobre cuestiones dispersas, de nuevo sobre asuntos navales: por ejemplo, la secuencia de graves motines registrados a finales del XVIII, las levas desde mercantes a la Armada, o la insólita figura del ‘marinero bonito’, tripulante que goza de especial popularidad a bordo, en cuyo perfil Melville encajará a su protagonista. Con no mucha destreza, toda esta hojarasca nos deja ante el nudo del asunto, un breve episodio de difamación y violencia que desencadenará toda una tesis en torno a la culpabilidad y la justicia.

Le veo al relato poco interés y algunas imperfecciones técnicas, como ciertas repeticiones que claramente no son intencionadas, aunque pueden también encontrarse cosas interesantes, que sorprenden en un texto en principio tan convencional desde el punto de vista formal. Por ejemplo, los cambios de posición del narrador, que pasa de ser omniscente a salirse por completo de la narración para preguntarse ingenuamente si no sería más lógico que la historia continuara por determinado rumbo. Y lo hace además con naturalidad, dando frescura a una narración por lo demás bastante desenfocada.

El volumen lo cierra el que, aparte de ‘Moby Dick’, es el texto más famoso de Melville: el breve relato ‘Bartleby, el escribiente’ (1853). Como ya hay una reseña publicada en ULAD (véase abajo), no me extenderé más sobre él, aunque no comparto del todo la lectura digamos simbólica sobre el peculiar personaje. Bartleby, el personaje, se ha convertido en todo un clásico, es una figura original y desconcertante que tiene además la virtud de ser por completo ajena al recurrente escenario marinero de las novelas antes descritas. En lo que sí se asemeja un poco al ‘Benito Cereno’ es en la capacidad de Melville para mantener esa meseta argumental, ese nivel de estupor e incertidumbre que hace anhelar el desenlace. En el caso de Bartleby sí existe un cierto crescendo, pero el paralelismo entre los dos relatos es más patente si atendemos a la resolución de la trama: aunque la de Cereno es incluso más floja, lastrada por aquel condicionante que decía antes, y que en este último no existe, en los dos casos el autor no consigue coronar la tensión que mantiene durante la mayor parte del relato.

De manera que si atendemos a valoraciones globales, diría que Recomendable + Se deja leer + Muy recomendable = Recomendable. Más o menos.

Otras reseñas sobre Melville en ULAD: Moby DickBartleby, el escribiente

lunes, 12 de febrero de 2018

Contra reseña: Las hermanas Grimes, de Richard Yates

Idioma original: Inglés
Título original: The Easter Parade
Traducción: Rolando Costa Picazo
Año de publicación: 1976
Valoración: Muy recomendable


Las hermanas Grimes fue reseñada en ULAD hará cosa de seis años y obtuvo la calificación global de: se deja leer. Me sorprendió puesto que esta novela suscita, por lo general, opiniones bastante más efusivas y es considerada por muchos lectores como un valor seguro. Tal vez por esto último también suele ser objeto de los comentarios recurrentes en relación a su atmósfera pesimista o al desencanto del sueño americano o al concluyente arranque de la narración: «Ninguna de las hermanas Grimes estaba destinada a ser feliz». Para no redundar ni aburriros con los lugares comunes y por dar el contrapunto adecuado a la reseña tan franca y personal que en su momento hizo Yemila, voy a centrar esta contra reseña en aquellos elementos que me han llamado particularmente la atención como lectora y como ferviente admiradora de los buenos artefactos narrativos. 

Resumen resumido: Nueva York, años 30; Sarah y Emily son dos niñas que se enfrentan a la separación de sus padres; ambas bien parecidas e inteligentes aunque Sarah, la mayor, tiene una belleza y un talante que desprenden naturalidad mientras que Emily es flaquita, introvertida y sensible. Veremos cómo se convierten en mujeres adultas y cómo toman caminos totalmente dispares para acabar siendo infelices ambas, cada cual a su modo.

Esta historia es una mirada certera sobre la desorientación y la vulnerabilidad de esas mujeres que no pueden escapar de la mentira que se cierne tras conceptos como familia o libertad sexual o tradición o emancipación; da igual lo mucho que lo intenten. No es una obra reivindicativa puesto que no hay culpables, mujeres y hombres son igualmente víctimas de sí mismos y del «sistema» (y del alcohol). La cuestión es que como lector ya sabes que la historia acaba mal y que es algo inevitable (recordemos el arranque de la novela), y solo te queda contemplar sin esperanza el declive y caída al fango de Sarah y Emily, con la sensación de que la historia se te escapa entre los dedos como hace la vida y la felicidad con estas dos mujeres.

¿Por qué me sedujo Las hermanas Grimes la primera vez que la leí (una lectura rápida y apasionada) y logró enamorarme después, tras una re lectura pausada y consciente? Estos fueron algunos motivos:
  • El tema de la infructuosa búsqueda del encanto de una clase media que alberga sueños de grandeza pero le basta con que se cumplan solo en apariencia. Esther Grimes, la madre, ansía dicho encanto, Sarah proyecta su futuro en esa dirección y Emily lo hace en sentido opuesto, o eso cree; en realidad huye de la idea tradicional del encanto y cae en las garras de la versión «para la mujer moderna». Ese elemento impregna con sutileza las decisiones, las reacciones y el mundo en general de las tres mujeres. También le da sentido al título original de la obra, tal como explico al final.
  • La prosa de Yates, sencilla, hábil y medida, donde lo que se omite pesa tanto como lo que se muestra, crea unos personajes complejos y vulnerables pero también coherentes en sus conflictos particulares. La primera vez que leí la descripción que hace de Esther Grimes, tuve la sensación en apenas un párrafo de que podía verla y de que su sobrenombre, Pookie (ni idea de qué significa ni de dónde proviene) resultaba concluyente. Es un párrafo que va de menos a más, creciendo en intensidad gracias a la cuidadosa elección y posición de cada palabra que lo compone:
«Esther Grimes, o Pookie, era una mujer pequeña y activa cuya vida parecía dedicada a la persecución y mantenimiento de una imprecisa cualidad que ella llamaba “encanto”. Devoraba las revistas de moda, se vestía con gusto y vivía cambiando de peinado, pero no lograba desterrar de sus ojos esa mirada de asombro ni aprendió nunca a circunscribir el lápiz labial a los límites de la boca, lo que le daba un aire de aturdida y vulnerable incertidumbre»
  • La triangulación de los tres personajes femeninos enriquece y aporta profundidad al conflicto en base a sus diferentes personalidades: la madre, soñadora medio enajenada a la que todo el mundo tolera con condescendencia; Sarah, la esposa americana tradicional (con todas sus miserias) y Emily, encarnación del ideal (frustrado) de mujer moderna. La cuota de protagonismo tampoco es equitativa: estamos casi todo el tiempo en el punto de vista de Emily y no es una decisión azarosa, ella es la única con capacidad crítica y sensibilidad suficiente para que los hechos la mortifiquen mucho más que a su madre o a su hermana (Yates pincha hasta el hueso); Sarah adopta un segundo plano como el reflejo necesario con el que Emily se compara de forma inconsciente y un poco enfermiza, y Pookie, en un tercer plano, es el molesto referente de una decadencia anunciada.
  • La psicología de Emily. Ella es la más realista, la más «progresista» y, curiosamente, la más desorientada. Ha crecido eclipsada por su hermana y aturdida por la idiosincrasia de su madre. Quiere una alternativa de vida que sea solo suya, centrándose más en lo que no quiere ser que en lo que ella realmente quiere y con ello solo logra convertirse en la peor enemiga de sí misma. No es capaz de gestionar la frustración que siente y eso hace que tenga algunos momentos what the fuck! aunque muy fugaces. El último, al final de la novela y, en mi opinión, de nuevo relacionado con el ansiado encanto. No digo más. Aquí una muestra de la psicología de Emily que corresponde al día que vuelven del entierro del padre:
«Emily no había derramado ni una sola lágrima. (…). Trató de musitar “Papá”, trató de cerrar los ojos e imaginar el rostro de su padre, pero fue inútil. Luego pensó en algo que hizo que se le cerrara la garganta: tal vez no había sido nunca el ojito derecho de su padre, pero él siempre le había dicho que era su “conejito”. Entonces empezó a llorar con facilidad. (…). Pero dejó de llorar de repente cuando se dio cuenta de que eso también era mentira: estas lágrimas, como las que había derramado en toda su vida, eran por ella, por la pobre, sensible Emily Grimes, a quien nadie entendía, y que no entendía nada»
  • La reflexión que se impone tras la lectura. Porque no todas las novelas te dejan así de impactado, con tantas inquietudes. En mi caso, después de la implacabilidad de Yates con esas dos pobres mujeres y la reafirmación, página tras página de la imposibilidad de que sean felices, sigo preguntándome si existía una mínima posibilidad para ellas que se me haya pasado por alto. Curioso. 
En relación al título original, The Easter Parade (Desfile de Pascua), de entrada resulta demasiado ajeno a la historia, mientras que el adoptado para la versión en castellano, Las hermanas Grimes es más neutro y fácil de asociar. Eso pensé en un primer momento, coincidiendo con lo que opinaba Yemila al respecto, pero la re lectura de la novela me dio otra clave: en el episodio del Desfile de Pascua que se describe en la novela como un hecho aparentemente anecdótico, Sarah se tiene que disfrazar de «dama» con un traje prestado para repartir unos panfletos y Tony, su futuro marido, se pone un viejo chaqué para acompañarla; un fotógrafo de un periódico inmortaliza la escena:
«La foto apareció el domingo siguiente en una página llena de otras instantáneas menos llamativas. La cámara había captado a Tony y Sarah en el momento en que se miraban sonrientes como la encarnación misma del amor bajo el sol de primavera. Detrás de ellos había árboles y, apenas visible, una esquina del Plaza»
Esa foto se convierte en la máxima culminación del encanto; la prueba documentada de que los Grimes tocaron puntual y fugazmente la gloria. 
Y me quedo con Desfile de Pascua.

domingo, 11 de febrero de 2018

Reseña + Entrevista: No aceptes caramelos de extraños, de Andrea Jeftanovic

Año de publicación: 2011
Valoración: Muy recomendable

Hay ocasiones en las que uno se acerca a un libro simplemente por su título. En este caso, “No aceptes caramelos de extraños” me trae recuerdos de una infancia sobreprotegida, de abuelas que te ordenaban “no le des patadas a las bolsas vacías” o “no te arrimes a la orilla del río a tirar piedras”, por ejemplo. Estos acercamientos a cualquier cosa por reminiscencias del pasado son peligrosos,  no suelen acabar bien. No ha sido así esta vez. La intuición no ha fallado. Y es que “No aceptes caramelos de extraños” es un muy buen libro de relatos.

Once son las historias que conforman este volumen; historias que giran alrededor de temas como la identidad, la muerte, el dolor, la violencia, la pérdida o el sexo. En todas ellos, la chilena Andrea Jeftanovic nos pone ante situaciones extremas y angustiosas no siempre protagonizadas por "extraños".  Los monstruos pueden estar muy cerca; a veces, incluso, en uno mismo. No hay apenas refugio posible.

A lo largo de los relatos encontramos abusos sexuales, incesto, matrimonios que se resecan y se desgastan, seres desarraigados que buscan una identidad, niños desaparecidos, sexo, soledad, muerte y locura, con apenas un leve resquicio a la esperanza en el final “Hasta que se apaguen las estrellas”.

Once relatos como once puñetazos en plena boca del estómago que te dejan con la impresión de haber sido situado frente a un espejo en el que se reflejan obsesiones y miedos que habitualmente nos negamos a reconocer, once historias en las que predominan el lenguaje poético y las metáforas y en los que Jeftanovic se sirve, en muchas ocasiones, del uso combinado de la primera y de la segunda persona para hacer aún más descarnada la narración.

Quisiera destacar también los finales de los relatos. Hay tres en particular que me han parecido soberbios por impactantes, pese a ser los tres completamente diferentes. Se trata de “Marejadas”, “Primogénito”  “La necesidad de ser hijo”.

Podría extenderme en analizar cada relato, pero no llegaría a expresar el desasosiego que hacen sentir. Mejor buscadlos, leedlos y comprobad, una vez más, que una de las principales funciones de la literatura (y del arte, en general) es el cuestionamiento y la exploración de los límites de la psicología humana.

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Aprovechamos la ocasión para, gracias a la intermediación de la editorial Comba, mantener una pequeña charla con Andrea (mil gracias, Andrea). No os perdáis sus jugosas respuestas, infinitamente más interesantes que la reseña.

P: En esta época de “poscensura” relatos como “Árbol genealógico”, “Miopía” o, incluso, Primogénito” pueden ser malinterpretados y dar lugar a “problemas”, como ya te ocurrió en algunos países con el primero de ellos. ¿No es un poco alucinante que a estas alturas estemos así? ¿Por qué crees que ha podido haber esta involución?


R: Muy de acuerdo, es alucinante lo de la censura o corrección política en el arte; es una contradicción. Hay que sancionar la realidad, hay que sancionar a los criminales de guerra, a los políticos corruptos, a los empresarios que se coluden, a los profesores y religiosos que abusan de los niños. Hay que sancionar la violencia de género, la asimetría, las malas prácticas laborales. Hay que sancionar la realidad, no hay que sancionar libros o películas que traten sobre la corrupción, sobre los móviles de crímenes, deseos equivocados, o exploren tabúes sociales. Es ridículo que se retiren cuadros de museos o se censuren canciones, es otra dimensión, simbólica, metafórica. Y, además, implica infantilizar al lector o espectador. SI fuera así no podríamos leer ni la Biblia, que está llena de pasajes de familiar disfuncionales, incestos y transgresión de tabúes. Para qué decir la tragedia griega, las obras de Shakespeare, Faulkner, Nabokov y tantos más.
Cuando me hacen líos por mis cuentos pienso en eso, pienso que si fuera así, un cuento que aborda un tabú es peligroso para la sociedad, también se debería censurar a los escritores de novela negra porque incentivan el crimen. La literatura no es una manual de convivencia cívica. Intento en mis relatos mirar dolores, problemas insostenibles para remecernos. Por ejemplo, en Árbol genealógico que escribí a partir del un caso de impunidad de un empresario que abusaba de menores, y lo recojo como algo que motiva a una hija y un padre a fundar una nueva sociedad. O los otros que mencionas, en Primogénito, está la pulsión de los celos y cómo deforman la realidad. Y en Miopía, están también los celos entre dos hermanas y la confusión con el relato del pasado y los traumas. Son historias confusas, no sé sabe bien quién es el culpable, el quién tiene la razón. Sí hay un narrador que intenta seducirnos y envolvernos en su versión de los hechos, y eso es algo que hacemos todas las persona. Ordenar los hechos para que tengamos la perspectiva más valida. La literatura pide que entremos de otro modo para sorprendernos o llevarnos a reflexionarnos.

P: Un poco vinculado a lo anterior, ¿sigue siendo una de las principales funciones de la literatura la de mostrarnos nuestro “lado oscuro”, aquello que no nos atrevemos a mirar o a reconocer?

R: No es su única función, pero es natural que la literatura haga un registro de momentos históricos conflictivos, observe relaciones humanas tensas, o entre en la compleja vida psíquica. Hay libros luminosos, de temas de amistad pero es difícil eludir lo oscuro; somos un juego de sombras. Es cautivante trabajar las zonas de vulnerabilidad de los seres humanos, alumbrar sus contradicciones. Me interesa trabajar la incomodidad, las preguntas morales; todo el tiempo enfrentamos decisiones que recorren la curva del bien y el mal.

P: De las once historias que componen “No aceptes caramelos de extraños”, en casi todas (o en todas) nos encontramos con personajes en situaciones límite. ¿Son más literarios los personajes en este tipo de situaciones?

R: Creo que como metodología, me gusta empujar a mis personajes a un abismo. Porque en ese riesgo se puede reinventar. Me gusta pensar que sus mentes y emociones se enfrentan a un movimiento, un desplazamiento. Además, cuando enfrentas a un personaje a una situación límite de algún modo lo enfrentas a un dilema, y me interesa cómo se despliega su disquisición interna. Me interesa la vida psíquica y su infinitud, sus vericuetos, sus operaciones químicas, sus zonas de misterio. Y, también todas las sociedades han pasado por situaciones políticas límites que obligan redefinir la nación. En esa escritura política, también de la memoria, me interesa el trabajo más elíptico, es decir, ver el cómo se cuela lo público en los intersticios de lo privado, en los modelos amorosos, en las estructuras familiares. Me gusta escribir sobre esos umbrales. Sin duda, los procesos políticos cruzan o impactan la relación con nuestro cuerpo y el de otros. Me interesa el cruce entre lo colectivo y lo privado, la violencia y la belleza.

P: En cuanto al estilo de los relatos, me ha llamado la atención el uso combinado de la primera y de la segunda persona, quizá como forma de interpelación más directa al lector. No sé si ese recurso funcionaría igual en novela. La pregunta es: ¿crees que por su extensión el relato ofrece mayores potencialidades a la hora de “arriesgar” o “experimentar” que otros géneros?

R: La novela también puede ser un género muy experimental. Lo que sí es verdad es que el cuento necesidad tensión, condensación. Entonces, en ese contexto la muda de narradores permite mostrar de modo condensado, rápido, cambios de puntos de vista. Creo que el cuento se parece bastante al guion de cine, debe ser veloz, evocar imágenes, sintético, elíptico.

P: También está muy presente en buena parte de los relatos el lenguaje poético ¿Cuál es tu relación con la poesía? ¿Puede haber salto de la prosa al verso?


R: Ojalá mis líneas tengan algo de poesía, es un género que me seduce mucho por su síntesis, por la precisión de las palabras, por el poder las imágenes, por su opacidad. Me gusta buscar algo de belleza en la narrativa, en la forma de pensar las oraciones, en el ritmo del fraseo, en el sonido y grafía de las palabras. Me gusta que sea más indirecto, que abra una misteriosa puerta, que seduzca con belleza.

P: Me parece percibir temáticas e inquietudes relativamente similares en un grupo de escritoras latinoamericanas actuales, como Mariana Enríquez, Vera Giaconi, Magela Baudoin, etc. ¿Casualidad, mirada generacional o simple error mío de apreciación?

R: Es curioso, yo creo que nuestros libros se gestaron sin conocernos, pero luego al leerlos se cruzan en muchos sentidos, casi como vidas paralelas. Creo que todas las autoras que nombras, muy admiradas por mí, hay un trabajo con la intimidad, con los tabúes de los modos familiares, con la voz de los niños. Quiero pensar que pese a toda nuestra liberalidad, como ciudadanos del siglo XXI; el núcleo de los afectos sigue siendo un nudo de marinero. Toda relación humana es ambivalente, exigente, dinámica.  Y, agregaría, al menos con el caso argentino, que por un asunto generacional, heredamos sistema autoritarios muy crueles, y como “hijas de esa experiencia”, creo que estamos escribiendo, no desde el realismo, espero más metafóricamente, los efectos psíquicos de las dictaduras. Efectos que, en mi opinión, de algún modo se visibilizan y algo pueden ayudarnos, no del todo, a comprender, con horror, la actual crueldad en crímenes privados como feminicidios o infanticidios. Hay una deformación de la empatía y de algún modo, como dijo Freud, lo familiar se volvió monstruoso, ominoso.


P: Chile ha dado a la literatura universal nombres por todos conocidos. Otros, en cambio, parecen casi olvidados, como el caso de Carlos Droguett y su “Patas de perro”, que recientemente reseñamos y nos parece una gran novela. ¿Cuál es, para ti, el secreto mejor guardado de la literatura chilena (no vale decir Andrea Jeftanovic, que ya te hemos descubierto)?

R: Carlos Droguett es un genio. Tiene un fraseo de locos, intenso, casi no usa puntos aparte. Patas de perro es una novela poderosa, profunda, se adelantó a la discusión de las minorías, la tolerancia a la diferencia, de los cánones de la belleza, del maltrato al niño. En un punto es una novela queer, las identidades, los deseos no son binarios, se improvisan fuera de las categorías. Y también registró el ejercicio de la memoria,  cuando se abre el volumen con “Escribo para no olvidar”. La novela es un ejercicio de memoria con un lenguaje farragoso. Para mí, que he explorado el lugar de los niños en la literatura, me interesa mucho esa novela, porque el cuerpo híbrido de Boy, mitad perro-mitad- niño, está en disputa por la familia, la educación, la medicina, la asistencia social. Y, además, ese cuerpo diferente despierte todo tipo de pulsiones –espejo: violencia, culpa, vergüenza, pero también, curiosidad y deseo.

Autores chilenos contemporáneos por descubrir hay muchos, pienso en los nombres que no se han publicado en España, y en ese sentido nombraría a Eugenia Prado, Beatriz García Huidobro, Nicolás Poblete, Matías Celedón, Marcelo Leonart y Mike Wilson. De la autoras nuevas chilenas me parecen muy poderosas Constanza Ternecier, María José Navia, Mónica Drouilly, Romina Reyes, Daniela Acosta. Además, son muy inquietas, trabajan en traducción, guiones, universidad, teatro.

P: Por último, has publicado relato, novela, ensayo, crónica… Vaya, una autora de lo más polifacética. Sé que esto puede ser como preguntar a alguien a quién quiere más, si a papá o a mamá, pero… ¿Cuál de tus obras recomendarías a alguien que tuviera que descubrir a Andrea Jeftanovic?

R: Quizás recomendaría partir por el inicio, por Escenario de guerra, y seguir la ruta sin orden cronológico. Cada libro ha sido fruto de un largo proceso y entre ellos hay vasos comunicantes. Sé que tengo un perfil algo eclético también hago crítica de teatro y asesoro guiones, pero pienso que más allá del formato la que está escribiendo es la misma persona, que tiene una mirada, una impronta, ciertas búsquedas. Leo a muchos bandos y escribe con miles de carpetas y archivos en libretas y en mi computador. Manejo muchas ventanas abiertas, muchos compartimientos abiertos a la vez. Lo que es bueno y malo.