viernes, 26 de agosto de 2016

Colaboración: Pim Pam Pum de Alejandro Rebolledo

Idioma original: español
Año de publicación: 1998
Valoración: Muy recomendable

A raíz de la temprana (y todavía inexplicable) muerte del escritor venezolano Alejandro Rebolledo hace unos días, me enteré que había publicado una novela de culto en 1998 llamada Pim Pam Pum. Vivo Venezuela como una maldición de la que es mejor mantenerse a salvo, así es que no tenía ni idea de quién era Rebolledo ni qué pito jugaba en la escena literaria del país. Hubiera podido pasar de largo ante la mención de la novela, si no fuera porque alguien contaba que había sido un hito para la generación a la que pertenezco; es decir, la generación bisagra entre el desmadre del bipartidismo y el apocalipsis del chavismo. Rápidamente me picó la curiosidad y me la compré en versión electrónica por tres euros en Amazon. Apenas la maquinita me mostró el primer párrafo, me vi succionada por el texto. Sin pretensiones intelectuales allí estaba una Caracas a la que yo no quería volver y, sin embargo, era adictiva. Su violencia; las drogas, el consumismo, los suicidas y los punks estaban allí para decir otra cosa. No sé qué sea esa otra cosa pero se me ocurre que tiene algo que ver con un país que se comió a sus hijos. Es difícil saber qué es eso que duele en un relato que podría ser cómico, picaresco o una suerte de road movie urbana.

A través de diferentes voces, se relatan las peripecias de varios jóvenes que se van entrecruzando a lo largo de la ciudad. Un falso secuestro, una fiesta en el Country Club, un operativo policial, la ejecución de una perra, el robo del escudo de una embajada, la compra de un revólver, la venta de una motocicleta, la migración  de una reportera ambiciosa, la programación de un locutor de radio, son algunos de los elementos caóticos del paisaje urbano. Pero la novela de Rebolledo no es simplemente la historia de una generación, es también una propuesta narrativa. De poco valen las descripciones ya que los protagonistas se construyen en el propio lenguaje; un lenguaje en ebullición, reservado a los iniciados de las tribus urbanas.

El ritmo de la historia es el de la turbulencia de las drogas, ralentizado con la marihuana, explosivo con los ácidos y acelerado, casi atropellado, con el perico. Si tuviera que describir la novela en tres palabras diría que lo suyo es la vorágine del vacío. Es la narración de un ruido brutal: el del hastío de un fin de siglo desesperanzador.

Creo que cualquier caraqueño que esté entre los 30 y picote y casi 50 podría reconocerse en algunos de los personajes de la novela; en lo que fuimos y en los que se perdieron en el camino. A diferencia de otros relatos urbanos que he leído más o menos contemporáneos, Pim Pam Pum consigue una mirada transversal a todas las clases sociales, a pesar de que su foco esté en el de la clase media alta.  En un país que durante décadas ha sido leído en términos de clase, me resultó un hallazgo el retrato de una vaciedad existencial común. 

He escuchado que Pim Pam Pum ha sido mal recibida por el establisment literario local. Es un hecho que confirmo con la crítica negativa que le hace Rodrigo Blanco Calderón. Como toda narración adolescente es irreverente y rompedora de las formas “correctas” del lenguaje y de lo que es “importante” narrar en Venezuela. Pero creo que la polémica de fondo que ha vuelto a revivir tras la muerte del autor, es que la novela demuele dos mitos que han servido para resguardarnos de la debacle: el del pasado maravilloso que tuvimos antes del chavismo, y el de la ruptura emancipadora que este significó respecto a la ruina de los noventas. En la continuidad de una misma debacle, esta novela sigue siendo tremendamente contemporánea y desoladora.

Firmado: Magdalena López

jueves, 25 de agosto de 2016

Richard Price: Los impunes


Idioma: inglés
Título original: The whites
Año de publicación: 2016
Traducción: Óscar Palmer
Valoración: muy recomendable

Al lector ocasional de este blog puede que le parezca poco menos que una herejía que yo proclame que el género policial me suscita escepticismo. O que le escandalice que cosas como Agatha Christie (válidas como inicio a la lectura y blablabla) me parezcan apenas medio (va, uno) escalón por encima de la novela romántica o la del Oeste. Por repeticiones de esquemas y por escasa perdurabilidad. Puede leerse y devolverse al tipo de la tienda a ver qué recuperamos o por cuál nos la cambia que no hayamos leído ya. Pero su lugar en la estantería nunca va a ser el preferencial. Y si digo esto, y si aprovecho para sacar algunos conceptos que se quedaron fuera cuando escribí sobre ese bluff  que me pareció La chica del tren es porque Los impunes es justo el negativo de esa literatura basada en el misterio y el susto y el ayayay, esa literatura del menosmalqueloheacabao en la que, lapidadme que me lo merezco, se ha convertido casi todo el género desde la invasión del thriller escandinavo, y solamente redimido por las incursiones en el terror psicológico o la prosa elegante de autores como Pierre Lemaitre y pocos más.
Así que me encanta que Los impunes no quede relegado al arrinconamiento de las series negras y se le considere como lo que es, literatura, con escenarios y personajes coincidentes con cierto género, pero literatura. 
Las manos se elevan con las piedras cuando digo frases como esta última. Lo sé.
Y eso que con The wanderers me llevé una relativa decepción. Pero Price la escribió con 24 años. De eso ha pasado ya tiempo, y Price, aparte (qué pesados con mencionarla siempre) de ser guionista de The Wire y de alguna película, ha evolucionado, ha enriquecido su estilo y ha conocido en profundidad el mundo que describe. Los impunes recuerda (cuando se conoce su progresivo desarrollo) a cierta novela (no insistáis porque no diré cual) de Patricia Highsmith. Pero está adaptada a los tiempos que corren y carece de la ingenuidad que la ha castigado con el tiempo (a la de Highsmith). Es hora ya de reivindicar que el género se ha retroalimentado de mucho del contenido visual de series y películas, y que las figuras cinematográficas (inspectores de vidas grises y apáticas arrastrados por las desgracias que su trabajo les obliga a ver un día y otro) nos son familiares. Billy Graves es un personaje más entre ellos, pero dejad que os diga que es memorable, porque Price sabe hasta saltarse el estereotipo del héroe casual y lo define con todos sus claroscuros y sus contradicciones. Es un policía que vive con su mujer, Carmen, enfermera, sus dos hijos, y su padre, antiguo policía devastado por la demencia senil. Los impunes del título son criminales que Billy y otros compañeros del cuerpo consiguieron detener, pero que se zafaron de pagar sus culpas. Asesinos, en su mayoría, que se pasean tranquilamente gracias a un juicio favorable o a algún error de instrucción. Y al grupo de policías esa injusticia le corroe. A Billy, además, le están pasando cosas extrañas. Alguien está acosando a su familia y no sabe quién ni por qué.
Los impunes, lectura ágil, adictiva, pero comprometida con la coherencia y con fragmentos muy notables (puntualmente destella la minuciosidad descriptiva basada en los detalles de un Franzen) no merece ser confinada por su temática o su desarrollo. Price se ha preocupado de que el lector quede sumergido en ese submundo que es el cuerpo de policía de Nueva York y lo ha hecho evitando los recursos fáciles del susto, la sorpresa o el giro argumental. Una novela muy disfrutable.

Otras obras de Price en ULAD: The WanderersLa vida fácil

miércoles, 24 de agosto de 2016

Arturo Maccanti: Amor o nada (Antología poética)

Idioma original: Español
Año de publicación: 2015
Valoración: Bastante recomendable

Volvemos a la carga con más poesía. Y es que parece que, como las bicicletas, la poesía es para el verano. Tiempo para leer quizá con más calma tumbado en la playa, en un jardín, en un parque. Para leer un poema, pensar en el, no pasar página, volver a leerlo. No sé. A mi en verano como que me apetece leer poesía. ¿Se nota?

En este caso, toca un poeta canario, Arturo Maccanti, fallecido en 2014. Un poeta con una extensa obra, desde sus primeras publicaciones allá por 1959 hasta el año 2005.

Y reseñamos una antología editada en 2015 con varios de los poemas del autor. No sé si una antología es la mejor forma de conocer la obra de un poeta, pero sí lo es a la hora de, al menos, acercarse a ella.

En este caso la antología se estructura en torno a los grandes temas de Maccanti (y de la mayoría de los poetas): la infancia, la memoria, el recuerdo y la propia poesía (quizá habría que dedicar alguna entrada a la "metapoesía"). Además de estos temas , la insularidad (de la tierra y del ser humano) está muy presente en la obra de Maccanti.

Se observa en la antología que su obra más temprana, escrita fundamentalmente en forma de soneto, bebe de la primera época de Ángel González o de Blas de Otero, de esa poesía existencial o existencialista. Con el paso de los años, la forma y el contenido de los poemas se abre a nuevos temas, como los citados con anterioridad, y a nuevas formas como la prosa poética.

Para terminar solo decir que Maccanti es otro de esos poetas "olvidados" por el mundo en general, aunque tremendamente respetado y querido, y con razón, en su Canarias natal.

martes, 23 de agosto de 2016

Edgar Wallace: El hombre que no era nadie

Idioma original: inglés
Título original: The Man Who Was Nobody
Año de publicación: 1927
Traducción: E. A. (para más datos, preguntar en la editorial Santillana)
Valoración: está bien

Reseñamos por fin aquí un libro de Edgar Wallace, escritor miembro de una célebre estirpe, al ser descendiente directo del héroe escocés William Wallace y tío-abuelo del no menos eximio -o incluso más afamado aún... en según qué ámbitos- David Foster Wal... Vale, no, de acuerdo: todo este rollo es más falso que un euro de madera. Para empezar, ni estirpe célebre,  tío-abuelo, ni chufas fritas... Para continuar, el bueno de Edgar Wallace ni siquiera se llamaba así, al menos de nacimiento, pues era el hijo ilegítimo de dos actores de la época victoriana. Y por último, no le hace falta ninguna pertenecer a una familia de renombre para tener su lugar en la historia de la literatura: hablamos de un señor que escribió 170 novelas, nada menos y 18 obras de teatro, amén de infinidad de relatos breves (más de 900) y artículos periodísticos, al que se le considera inventor del thriller literario y que fue guionista de la película King Kong... ¡ahí es nada; sólo con eso cualquiera dejaría esta vida feliz!  Cierto es que hoy en día no es demasiado recordado, ni siquiera en su Inglaterra natal, aunque, sin duda, injustamente. ¡Pero una vez, aquí esta ULAD para desfacer el entuerto, en la medida de lo posible.

De acuerdo, también es verdad que, al menos la novela de la que hablamos hoy, no es que sea para tirar cohetes. Siguiendo la estructura al parecer típica de estos thrillers, se plantean, al principio de la novela, unas circunstancias misteriosas, vinculadas a un posible crimen, y luego el lector va asistiendo al desarrollo y posterior resolución de esos misterios, sin que ni él ni los personajes desde cuyo punto de vista se presenta la narración -en este cado, Marjorie Stedman, la joven y hermosa secretaria de un abogado- tengan del conjunto  sino datos fragmentados y una visión del conjunto forzosamente parcial. No es, pues, una novela-problema o una narración de misterio al estilo clásico, por más que en ella aparezcan los mismos elementos que en las de Agatha Christie, sin ir más lejos: un pequeñopueblo de la campiña inglesa, nobles desaparecidos, fortunas forjadas en minas de oro del Kalahari, petimetres locales, damas que juegan al bridge y actrices de la escena teatral londinense. Además, claro, del "hombre que no era nadie", que responde al improbable nombre de Pretoria Smith (igual que, para el caso, podía haber sido Johannesburg Jones...).

Huelga decir que la novela no satisfará, pienso yo, ni a los amantes del policíaco más duro ni a los de los rompecabezas criminales, pero como baza cuenta con el encanto de los años veinte... y además, con apenas 170 páginas, capítulos cortos y abundante diálogo (precursor Wallace, por tanto, de las técnicas del best-seller), así que se lee en una tarde y aún sobra tiempo para merendar y salir a dar una vuelta. Veranito perfecto...

lunes, 22 de agosto de 2016

Andrés Neuman: La vida en las ventanas

Idioma original: español
Año de publicación: 2002 (revisada en 2016)
Valoración: está bien

La vida en las ventanas es una novela epistolar para el siglo XXI: en vez de cartas, emails. Y dado que fue publicada originariamente en 2002 (yo tuve mi primera cuenta de email solo un año antes), debió de ser una de las primeras obras en usar ese recurso. Claro que eso no la convierte necesariamente en una gran novela, y el hecho de reeditarla ahora, aunque "adaptada", hace que se note todavía más lo rápido que se mueve el tiempo en el siglo XXI...

El protagonista de La vida en las ventanas es Net (sí, Net), un universitario veinteañero irónico y algo inmaduro, miembro de una familia que se quiere presentar como disfuncional (pero que en realidad no es demasiado diferente de muchas familias de clase media españolas) y que escribe obsesivamente emails sin respuesta a su ex-novia, Marina, mientras empieza una relación con otra chica, Cintia, contándole su vida y la de su hermana Paula, la de sus padres o la de su amigo Xavi, barman-literato (o literato-barman) en trayectoria descendente.

Y en realidad, eso es todo lo que hay: Net (sí, Net) hablando de sí mismo, de su familia y de sus amigos; paseando, saliendo de copas, emborrachándose, ligando, masturbándose, consiguiendo trabajos precarios, abandonando trabajos precarios, follando, aburriéndose, comiendo, viendo la tele. Como la vida misma. Personalmente esperaba que la novela fuese creciendo, hasta llegar a algún tipo de clímax, pero más allá de alguna revelación sobre la familia del protagonista, la novela se mantiene en un mismo tono hasta el final.

Así que casi podía hacer como ciertas revistas de cine cuando critican películas, y ponen un cuadradito con "lo mejor" y "lo peor" para lectores vagos que no tienen ganas de leerse la reseña entera:

Lo mejor: el sentido del humor y la ligereza con la que se cuenta la historia. Algunos hallazgos ingeniosos de estilo (antítesis, metáforas, repeticiones). Los personajes secundarios, como la hermana o el amigo.

Lo peor: Cuando el personaje (¿el autor?) quiere ponerse profundo sobre la vida, sobre la soledad o sobre la muerte, y no consigue elevarse más allá del tópico. La intrascendencia del conjunto.

No cabe duda de que Andrés Neuman tiene una pluma ágil y un sentido del humor afilado. Pero eso no es suficiente para escribir una gran novela, si no hay además una buena historia por detrás; y en este caso, la verdad, no la hay. Queda la anécdota de que sea (probablemente) una de las primeras novelas epistolares compuestas por emails, y las ganas de leer a Andrés Neuman escribiendo sobre algo con más "chicha". Pero eso tendrá que ser en otra novela...

También de Andrés Neuman: Hacerse el muerto

domingo, 21 de agosto de 2016

Alberto Santamaría: Paradojas de lo Cool

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

Paradojas de lo Cool está constituido por nueve artículos (uno de ellos le aporta título) más una introducción. Artículos que han sido editados, dice la contratapa, algunos de ellos, supongo que para pulirlos o para, integrados ya en un texto de mayor extensión y ambición, aportarles un toque unitario. Si le añadimos una curiosa maquetación (con el texto más legible, descentrado siempre hacia el exterior de la encuadernación) que le aporta un aspecto más alineado con el amateurismo (porque dudo que nadie lea esto sepa que era aquello del ciclostyl), y algún pequeño detalle (el libro se incluye dentro de una colección denominada Textos (In)Surgentes) pronto comprendemos que nos encontramos ante eso que se llama cultura alternativa
Todo correcto. La cosa se confirma más. Menciones a Walter Benjamin. a Rancière, Tresell o Zizek, a varias obras del muy interesante catálogo de Capitán Swing, alinean claramente estos artículos en su aspecto ideológico. Demasiado claramente, diría. No me toméis por un quejica. El proselitismo a través de los textos es completamente legítimo, faltaría. Pero quizás, sugiero, la sutileza resulta efectiva cuando se trata de (iba, ugh, a decir "captar adeptos") obtener apoyos. Paradojas de lo Cool, con sus numerosos ejemplos y referencias, con sus razonamientos algo cargados y alambicados, de conceptos polisílabos (desidentificación, plurivocidad, indiscernibilidad, fantasmática, esto, ¿alguien ahí sabe qué quiere decir "gnoseológicamente"?), acaba haciendo una, a mi gusto, excesiva concesión hacia epatar en lo intelectual en vez de explicar en lo mundano. Quiero decir, Santamaría arrastra cierta tendencia a convencer a quien ya está convencido. No me malinterpretéis. YO estoy ya convencido. 
De que las grandes editoriales (incluidas muchas de las que reseñamos aquí libros que nos gustan muchísmo) pertenecientes a grupos de comunicación tejen finas telarañas generadoras de opinión política. 
De que los intereses capitalistas toman disfraces aparentemente inocuos y atractivos (calidad, creatividad) para, a la postre, servir a sus únicas y últimas finalidades (generar provecho económico). De que los mecenazgos tienen siempre algún objetivo oculto (fiscal, social, político). 
De prácticamente todo lo que explica y da ejemplos Santamaría ya estamos informados o alertados y ya barruntábamos que algo sucio andaba por ahí. No digo que textos así no sean necesarios, y que su publicación dentro de canales alternativos no sea la mejor manera de demostrar compromiso con sus propios contenidos. Pero, y ya que uno de los textos menciona la figura del caballo de Troya, ¿no sería mejor, si de alcanzar al público que duda se trata, intentar una estrategia menos frontal, más sibilina?
Total, "los otros" ya sabemos que andan mucho tiempo haciéndolo.

sábado, 20 de agosto de 2016

Antonio Gala: El corazón tardío

Idioma original: español
Año de publicación: 1998
Valoración: Se deja leer


Escogí esta lectura por cuestiones más colectivas que personales y me equivoqué: por un lado, no encajaba en el asunto propuesto, por otro, mis reservas estaban mucho más justificadas de lo que suponía. No niego que el gusto artístico y literario contiene una importante porción de subjetividad, pero el gusto se educa y si un texto disgusta más de la cuenta, si cuesta trabajito leerlo, quizá la intuición nos esté avisando de que algo falla a pesar de la fama asociada a determinados apellidos. Pueden imaginarse, pues, que lo que viene a continuación no van a ser, precisamente, alabanzas. Aunque, eso sí, prometo ser ecuánime y dar al Cesar lo que es suyo resaltando cualquier mérito que encuentre, que alguno hay, por supuesto, como en cualquier obra que se pueda calificar de literaria.
Pero eso lo dejaré para el final. El corazón tardío es un conjunto de veintiocho relatos, la mayoría muy cortos, en los que su autor se mira el ombligo a conciencia. Me explico. No tengo nada en contra de que los escritores hablen de sí mismos, pero una cosa es lo que acabo de leer y otra muy distinta un meritorio ejercicio de introspección donde se extrapolan rasgos universales, o comunes a un grupo concreto, de forma que los lectores puedan verse reflejados. Cualquier de ustedes recordará un puñado de ejemplos de lo segundo, el paradigma de lo primero lo tenemos aquí.
Eso en cuanto al contenido. Claro que el estilo tampoco se queda corto: pedante y rebuscado en su mayor parte. Y aún así con alguna incorrección sintáctica, debida quizá a que algunos relatos se escribieron cuando Gala no había alcanzado aún la madurez como escritor, a una prisa excesiva por darlo a la imprenta o a todo a la vez. Recuerdo que en su momento se anunció a bombo y platillo este libro (cuyo título es casi idéntico al de cierta canción de éxito que por entonces no dejaba de sonar, aún no me explico por qué) para caer en el olvido enseguida.
La temática amorosa constituye el eje en torno al cual gira todo. El propósito y el tono son también muy similares, pero algunas historias llevan ventaja a las otras, una irregularidad beneficiosa en este caso. En mi opinión, son cinco los que se salvan:
Los besos presenta a una mujer en dos momentos muy distintos que se alternan y que al principio solo distinguimos por la tipografía, hay que situarse para percibir el contraste entre los dos. La primera escena, cronológicamente hablando, nos muestra a la jovencita enamorada disfrutando junto a su novio de una tarde en el campo; en la segunda, vemos a la misma mujer, ya madura, desencantada, prosaica y empujada por la costumbre, sin rastro de sentimientos por el chico de entonces, como no sean rencor y desprecio.
Muy superior a este –quizá el mejor de todo el volumen– me parece Día sin accidentes. También aquí se da una alternancia pero no se establece de forma explícita. El protagonista es un chaval habituado a trasladarse, gracias al poder de la imaginación, a un mundo paralelo mucho más amable que el real cada vez que quiere y le dejan. Un retrato simpático, emotivo, lleno  de fantasía y optimismo que contrasta con el tono taciturno del resto y nos dejaría un regusto agradable si no tuviese ese final dramático que no le hacía ninguna falta.
Una mujer repasa su vida –como todas, con grandes dramas y momentos felices–durante el velatorio de su esposo, en La viuda y el espantapájaros. No se trata de un monólogo (como aquella novela de Delibes) sino de una narración en tercera persona, no exenta de fantasía, que refleja tanto los pensamientos de la viuda, que no asume lo que ha sucedido, como lo que ocurre a su alrededor y lo que tendrá lugar unos días más tarde.
Un recorrido por el Madrid de la época –de Cibeles a la calle Sacramento (junto a la plaza de la Villa), pasando por el paseo del Prado, la carrera de san Jerónimo, puerta del Sol, plaza Mayor etc.– mostrando los tipos más representativos de entonces y el lenguaje que utilizaban, es este Itinerario para un anochecer de 1961. Tampoco hacía falta que terminara así, y no digo más.
Tres personajes –una madre que se siente ignorada, un padre con Alzheimer y un hijo que les ha salido algo raro y nunca ha sabido demostrar su cariño– monologando en la misma habitación mientras se ignoran mutuamente es el asunto de La compañía. Para mí, y junto al mencionado Día sin accidentes, el más conmovedor de todos.
A destacar el prólogo, a cargo de la desaparecida Ana María Matute nada menos, que realiza un análisis –somero pero atinado– en el que habla de “hermosa sorpresa” a la que “es imposible resistirse”. No esperábamos menos de ella, claro que sí.
Por fortuna, la portada de mi edición no es la de la rosa. Una idea que –reconozcámoslo – va a tono con el texto por mucho espanto que nos produzca.

Del mismo autor: El manuscrito carmesí